domingo, 13 de junio de 2010

El fútbol y la dictadura

Acaba de comenzar en Sudáfrica la gran fiesta del fútbol internacional. La Copa del Mundo. El evento deportivo que, cada 4 años paraliza el planeta y desata las más encendidas pasiones. El acontecimiento por el que la gente ha llegado a morir (en el Mundial de Brasil 50, los anfitriones, claros favoritos, perdieron la final contra Uruguay, en lo que pasaría a la posteridad como el "Maracanazo", por haberse jugado en el estadio de Maracaná, y tal y como concluyó el partido, fueron muchos los brasileños que se suicidaron para no soportar tanto oprobio) y matar (desafortunadamente, han sido varios los asesinatos provocados por reyertas tumultuosas entre ultras de diferentes selecciones; incluso la guerra de 1969 entre Honduras y El Salvador tuvo su detonante en un partido clasificatorio para el Mundial entre ambas naciones).

Pero no sólo con la tinta de las desgracias se escribe la historia del deporte rey. El fútbol ha servido a la gente, ancestralmente, de válvula de escape para evadirse de los problemas cotidianos. Cuando Argentina se sumió en la peor crisis económica de su historia moderna (el tristemente famoso "corralito" promovido por el presidente De la Rúa en 2001), los habitantes no podían disponer de su dinero porque los bancos lo habían bloqueado. En ocasiones no tenían ni para llevarse un pedazo de pan a la boca. Sin embargo, las "canchas" (campos) estaban llenas hasta la bandera, y en el barrio de Avellaneda, la plebe lloraba más por la posible desaparición de La Academia (el legendario Racing) que por su situación personal. "No tenemos para mate, pero sí para el boleto" (entrada) , explicaba un quasi-indigente a las cámaras de TVE en la puerta del campo de Chacarita Juniors, uno de los clubes obreros y populares por excelencia de la ciudad porteña.
Si seguimos en Argentina y nos remontamos atrás en el tiempo, nos podemos sorprender de la unión y la concordia que aportó organizar (y ganar) el mundial del 78, en plena dictadura del general Videla. Todo el mundo lucía orgulloso la albiceleste, en un momento en el que el feroz totalitarismo militar gobernante no daba lugar a promover sentimentos patrióticos.

El fútbol.
El Fútbol, así, con mayúsculas.
El fenómeno socioeconómico más importante de nuestro días (o al menos, el más extendido) que, inexplicablemente, aún no se estudia como materia en ningún nivel académico.
El circo de nuestros días, como algunos detractores han acordado llamarlo.

Ahora, la prueba irrefutable de que el circo puede más que el pan la encontramos en Somalia. País devastado por las hambrunas, la inexistente sanidad y un gobierno integrista islámico largamente criticado por la comunidad internacional, y que no cumple la carta internacional de derechos humanos. Un auténtico infierno para sus pobladores, que han visto como los sucesivos mandatarios, las milicias armadas, las guerrillas, etc, han venido marcando el paso tembloroso y vacilante de la nación sin contar con la opinión pública. La gente, hambrienta, muriendo por inanición a diario, se ha venido limitando a obedecer y a venerar el Corán, más por obligación que por devoción. Más por evitar que por conseguir. Más por conformarse con el infame destino que los mandatarios de turno les han reservado que por esperanza alguna.

Sin embargo, el fútbol acaba de entrar en la batalla. Y la está ganando
La guerrilla integrista Al Shabaab, que controla gran parte del fragmentado país, ha prohibido a los somalís que vean el mundial por televisión, bajo amenaza de muerte.

http://www.co.terra.com/futbol/mundial/2010/noticias/0,,OI4487080-EI14432,00-Mundial+de+alto+riesgo+para+los+fans+al+futbol+de+Mogadiscio.html

Consideran los guerrilleros que el Islam no permite la mencionada práctica, así como la de escuchar música o ver películas. Se trata de una herejía tan grave, que aquel que desobedezca, será pasado por las armas. No fútbol, no películas, no música.

Si en estos dos últimos casos la población ha obedecido a pie juntillas, en el caso del fútbol, no lo han logrado. Los bares y cines de la capital, Mogadiscio, están abarrotados de gente que quiere ver los partidos que se vienen disputando en Sudáfrica. Desafían a guerrillas, gobiernos, amenazas de muerte y al mismísimo Alá, con tal de ver a 22 tipos en pantalón corto dándole patadas a una pelota. Su selección no participa en el evento, pero que más da... La gente quiere fútbol porque el fútbol es de la gente.

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